En ocasiones le acontece la pobreza.
No es mal abrupto como gato que descuelga el techo
a pelona garra;
es oruga incandescente.
Su pobreza cruza arroyos para llegar a él.
Días antes se anticipa en las cuentas
de la ciencia monetaria.
Son tres bolas de impacto común
en la mesa de billar capitalista.
Sucede con descuido y sin decoro:
es curso que no abre, contrato que no cierra.
Su temperamento sacude pulgas de resignación
cuando la pobreza llega.
Siente que los muros amenazan,
los pasos se hacen pequeños en la alcoba,
sus manos se llenan de pelo:
quiere abofetearse, trepar por las paredes.
Es entonces que lima sus contrarios:
descuelga su traje negro de pobreza,
usa por fuera sus bolsillos de pobreza,
entona el folk de la pobreza.
Es un ilusionista sin trucos,
un amante que calla sin argumentos,
y frente a las arcas de la nada
mira su suerte relumbrar.
Toma el llavero, abuelita,
enséñame tus discos compactos,
el Atari que te regalaron a los diez.
Cuéntame de aquellos días
cuando ibas a las fiestas.
Dime si tuviste muchas novias.
Quiero ver tus muñecas
heridas,
las fotos del concierto en Happy World.
Cuéntame de los micos amaestrados
y del tigre de Bengala.
Dime si algún día fuiste presa de lebreles.
Dime si la carne
siempre se tasó igual.
Yo soy la portada de mi libro.
Soy el número dos de la lista
de autores emergentes
de algún lugar.
Fulano Lenteja,
el gran crítico y mi amigo,
opina que las traigo todas.
¡Próximamente en Amazon!
El muerto es muerto y se pudre.
No lo maquilles con tinturas,
no disuadas su pestilencia noble.
Ahora mismo es un jardín transitorio
como el que habitó hace unas horas.
A él llegan febriles las parejas:
paridera de gusanos.
No hay fruto más dulce,
azúcar más cuajada que esa carne.
En la primavera de su huerto
aún florecen melodías:
“April is the cruelest month”
—cantan un grillo
en la boca de la rana.
La televisión es mi exnovia de la infancia.
La televisión es la maestra de la que me enamoré.
La televisión es el mejor amigo del niño,
decía un infame promocional de los 90.
Ruedo por el papel pautado.
Caigo petrificado hacia mí mismo.
Desde mi pauta hacia mí mismo.
Y es hora de recomenzar,
de subir por una escalera al cielo
en pos del poema:
do,
re,
mi,
fa,
sol,
luna,
estrella,
para perder el ritmo
y rodar.
Like a rolling stone. (bis)
Ayer un meteorito arrasó
no sé qué ciudad extranjera,
me dijeron.
En mi sueños yo también
arrasaba una ciudad.
Todo era panspermia a tu lado.
Y al despertar me fui siguiendo
tus caderas
hasta estrellarnos de nuevo;
salir expulsados hacia la estratósfera
dulcemente.
El meteorito cayó por la mañana.
Debió ser cuando yo pastaba
entre tus piernas.
Dicen que el mundo estuvo a punto de salvarse.
Como en este instante,
entonces alguien habló de guerra.
Si me miras, uno de mis brazos ya es polvo;
el otro apenas es un retoño torpe.
Son proporciones espeluznantes y tiernas
como este espasmo de abrirte el corazón
y quedarme dentro.
Todo fue una treta, se supo más tarde.
Se había tratado
de un ataque atómico directo.
Pero lo que yo quería decirte es otra cosa.
Son tus muslos nadadora.
Desanuda mi corbata.
Amásame en tus piernas,
un solo centro de gravedad
en nuestras órbitas.
Vamos a lavar nuestras heridas del comienzo.
Vamos a fumar,
vamos a fumarnos, baby,
yeah, yeah,
tanto y tanto.
Volutas de humo,
el vals de la cabaña,
triste danzón de amor.
Todos tenemos un hombre
que nos apunta a la nuca con su 9 mm.
La escuadra sostenida en ambas
manos
en un bello triángulo,
el compás firme de las piernas,
listo para levantarnos la tapa
de los sesos de un golpe de billar.
Todos tenemos un hombre que nos apunta
desde dentro el corazón
mirando un cronómetro secreto.
Todos tenemos un hombre que nos apunta,
todos tenemos un hombre,
todos tenemos.
Good bye, panadera, good bye.
Entre estos hornos te extrañaremos
el rodillo y yo.
Otros, claro, amasarán.
Otros.
Nuestras mieses son recuerdo.
Así está bien.
En febrero por siempre, panadera,
good bye, good bye.
Estas letras de mis canciones,
tan huesudas,
rodilla por todas partes,
codo y cabezazo
frontal
para llevar el ritmo
a dos tibias.
Tú también
descalábrate desde el propio tuétano,
tañe tus caderas,
de tus huesos astillados
escribe.
Hay mil avispas en el orbe
de su frente.
Su cabellera es larga,
más larga que los ensueños
de la hierba.
Su lengua esconde todos los mixes
del Tiempo.
De ella proviene todo el polen
de los siglos.
En su oreja izquierda yace
Ulises enterrado.
La derecha está reservada
desde entonces
para su melodía más mínima.
Quiero decir:
ningún Rey volvió nunca a Ítaca.
Penélope no espera
y ahora tiene una línea de moda.
Ha gozado en lo íntimo
de todas las deidades,
héroes y dioses lo desean
en secreto.
Su boca es una gruta
y mil mineros no bastarán
para sondear sus cavidades.
Uno se orinó.
Otro destruyó la mesa.
Aquel se quedó tres días
sin cooperar,
sólo para ser alimentado.
Uno más vomitó en la alfombra
y hubo que ponerlo de costado
para que no se ahogara.
Cierta vez
llevé a uno a urgencias
con la frente partida.
Muchos fueron mis amigos y los quise.
A todos los recibí.
Ahora los recuerdo a veces
cuando cuido a mi bebé.
Él murió.
El que era murió.
No lo busques en él.
Acaso recuérdalo
con él
si él y tú
aún andan.
Él ahora viste otro, habla otro, es otro.
El que era murió. No lo sigas
en él.
Acaso recuérdalo
como era.
Hombre pájaro blande sus alas;
recae tácito de una colina,
sus modales berlineses,
su bigote.
Cuervo en daguerrotipo,
antes solía desmenuzar las bicicletas.
Ahora
sacude su levita viento abajo,
se impulsa decidido,
se finge sastre de las aves.
Sabemos que nació con un nido en el cerebro.
Su cabeza incuba pensamientos por la noche
que al amanecer estallan en esquirlas neuronales.
Por eso, sus instintos lo llevan al cielo
del
Reino
de
Prusia.
Antes de lograrlo,
se envolvió noches enteras en papel de China.
En sueños esforzó remos de bambú,
salvó mares de nubes en picada.
Ideas empolladas lo habían condenado
a la fama del orate.
Corriendo de avestruz dormida,
soñaba con el magnífico aparato
que lo elevó de niño,
pájaro hombre rememorando las cometas.
Ahora sus alas comienzan a darle algo de prestigio,
de reojo lo miran las muchachas,
le permiten refugiarse bajo sus quitasoles.
Yo lo recuerdo con claridad en una película de Chaplin,
loma abajo,
justo antes de que el viento lo sostenga.
Dédalo,
Ícaro.
Pájaro de linaje en pluma
no tardará en desbarrancarse.
Ya mañana serán de notar
las legiones nuevas de aeronautas
vistiendo corsés de ángeles.
Afanarán sus mecanismos,
dirigirán el timón hacia las nubes.
Saltarán
de los puentes,
de las columnas,
de las cornisas,
de las plataformas espaciales.
Una gravedad fabulosa
los arroja al cielo.
Cuando era niño, vivía un conejo en la luna.
Creo que estaba de cabeza, pero no sé bien.
Las estrellas eran papelitos blancos
pegados con saliva sobre el fondo negro.
Ahora ya no hay nada,
sólo desiertos y cráteres plateados,
dunas de arena helada,
y mi ojo se llena de un aire extraño
que lo hincha desde adentro,
lo alarga hacia la luz como un suicida.
O quizá sea la córnea disforme
el espacio de los socavones lunares
y la acechante claridad.
La orquesta quiere más luna.
Una luna llena más seductora,
más brillante,
con mejores disfraces
y una piel resplandeciente.
Quiere
una luna con diferente tatuaje,
una luna con mariposa.
La orquesta quiere un hada
más ovalada,
con otro tatuaje.
Una mariposa de alas
lúbricas.
No quiere el conejo de Playboy,
no quiere una luna espía.
Salir de noche a encontrarse,
a que nos encuentren,
para recibir el beso arrollador
de un auto,
estrella en la mejilla,
u orquídeas en ojos de muchacha.
Para evadir
las estancias monocordes,
los colores flatulentos del cuarto.
Poner a ritmo las muñecas,
llegar con buen tiempo a los saludos,
con ideas puntuales al sombrero
y la respiración
en orden de flauta.
Perseguir la línea de la calle,
la indicación del horizonte.
Doblar la esquina
en dos mitades.
Irse de boca dando el pecho,
responder el quién vive a quien te encuentre.
Dar los buenos días
a quien te encuentre.
Darle la palabra
a quien te encuentre.
Cada noche reverbera
en la curva precisa del instante,
mientras la luna sustituye
los rojos del semáforo,
en los viñedos de neón
se enraciman latidos
al compás las pulsaciones
que trizan los cristales de los autos:
se respira el sopor purpura,
se actualiza
la danza en los lagares,
la embriaguez furtiva
en los ojos de las vestes
que recuerda, que recrea,
los raptos etílicos
sobre la mesa
cuando la música
vestida de amapolas
redondea los pensamientos
para evitar todas las preguntas
a la vez que van quedando fuera
los que ignoran
cómo abrir los belfos orificios
y aguzar la cornamenta de la lengua
mientras nadan desnudas
en su néctar de fotones
las nereidas.
Calcetazo a cara irremediable,
tumbo entre tanta carpa
cola compulsiva.
Sobre las crestas de las calles,
peces voladores.
Cada ejecutivo decidido
aleteando su portafolio,
usando la corbata como remo para abrirse
paso entre
los caparazones de los autos.
Pero díganme
si este derrotero no es un tanto
impugnable.
Tome en cuenta las tormentas del marcado,
a sotavento y barlovento
se desinflan las montañas,
la tortuga tortura a sus semejantes,
el calamar calumnia,
el pez persigue los tesoros
robados de Barba Azul.
Si partimos en dos un limón,
ambas mitades toman conciencia
de sí mismas,
en el cuchillo se reflejan
y luego se miran
con desconfianza
una a otra.
Queda sembrada la semilla
de la duda.
Se sienten irreconciliables,
fruto de un engaño.
De este malentendido
sigue una amarga separación.
Cortantes
se marchan sin despedirse.
Buscan en otro lugar
el medio limón.
Su verdadera tragedia es,
desde luego,
que nosotros los consumimos partidos.
¡Un, dos, tres, por todos mis amigos!
Al que le clavaron una bayoneta en la espalda
como a espantapájaros de utilería
y murió con otros.
Palomas reunidas en la plaza
listas para cagar el Palacio
de Defensa.
Por Alberta,
desvanecida entre las garras
del águila francotiradora
bajo reflectores de humo
mientras el miedo corría a los hospitales
en Jeeps y furgonetas.
Por los que arrojaron al mar
en panza de tiburones,
pero nadie sospechó
que los devolvería la corriente
como a madero de balsa.
Y que no se salven
los que dictan la agenda del patíbulo,
tienen trato preferencial en los burdeles.
Saludan desde la ventanilla del avión
como Jackie O.
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es para los ilusos.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
de mis paisanos
por un puerto,
un bosque de pinos,
dos montañas llenas de oro
y tres o cuatro ríos
que privatizar.
Otra vez el alcohol lo abandona a la mañana,
ayer fue mujer de labios candorosamente azules
que lo hizo príncipe de fuego a rastras.
Recuerda haber sido el alma de la noche,
pero quién destrozó finalmente las botellas,
dónde durmieron los grillos alegres.
Esta resaca no es adiós avinagrado,
no son las últimas palabras de ella
guardadas por ahí.
Ella lo ama y no podrá mentirlo,
las mangas de su traje aún guardan su olor,
las mangas de su traje no son celda suficiente.
Está resaca no es el reclamo ajeno de su madre,
ni la bofetada de su padre.
Su hermana no está ahí de flor incondicional.
Ayer fue coronado en los brazos del banquete.
Sus copas besaban la sonrisa de todos los invitados.
Es el mejor anfitrión del mundo.
El mejor anfitrión en casa de sus padres;
en lugares afamados y las catacumbas.
Sus mejores deseos los reciben ellos.
Lo recuerdan en los pechos de la noche.
Puede ofender a todo el mundo sin lastimarlo.
Esta resaca no es de recién nacido.
Su lengua se clava
siempre con suavidad.
Qué triste nos miraba la boca del ahogado
por los labios oscuros que encandiló el río.
Quienes lo vieron aún vivo afirman
que el zumbido en sus pupilas era ensordecedor.
La corriente acalló sus sienes
a borbotones;
el lodo pobló las entrañas,
el agua anegó los huesos.
Estuvo tendido un rato,
escurriéndose como una pila de juncos.
Ahora,
de las yemas de sus dedos
sólo quedan diez guijarros.
De sus axilas
sólo restan dos panales.
Deseoso es aquel que huye de su madre
y se pone a perseguir sombras en las habitaciones
de las niñas más bellas de Londres.
Así da de bruces con un fantasma propio,
encuentra las hebras de una ternura colapsada.
Deseoso es aquel
que se arranca a vivir sobre los árboles
y evade la infancia hipócrita.
Luego vaga
con el tímpano perpetuamente azorado,
con el cielo aguijoneando sus mejillas
y funda una pandilla de gorriones
entre los más huérfanos, los más desprotegidos.
Con todo,
es de notar que su sagacidad
nunca será completa,
así lo muestra la huella suplantada en los suburbios
donde no pudieron ejercer pillaje alguno con sus madres
aunque el hurto nunca fuera ajeno
a los sucedidos que se comentan diariamente.
Sin embargo, lo importante nunca fue
o secundario.
Y desde entonces no pudieron
acercarse más a sus hogares.
Hubo un naufragio en cada derrotero,
las marineras volvieron al armario.
Por eso ahora,
los jóvenes más jóvenes del siglo
enarbolan garfios parricidas,
injurian y desprecian iracundos;
visten como locos
—emancipados al fin—
y no preguntan por la isla estelar que les juraron
ni tienen felices pensamientos.
Niños perdidos, cantan.
Revuélcanos, ola,
distiéndenos en la espuma de tu baba,
gran perra maternal.
Sacude hasta dejar los temores dislocados,
hasta lavar en tu risa oceánica las entrañas.
Ya quiere absorber algo de sal el pensamiento,
las ideas toman algo de coral,
de velero.
Líbranos
mientras nos deslizamos entre tus piernas como críos.
Eva real,
estás a punto de quebrarnos la espina,
de parirnos,
nueva descendencia de Tritón,
de partir nuestra tabla en dos.
No logro ver.
Ya no logro
disuadirme de tus argumentos,
de tus anémonas manos.
Arrójanos,
como un leño de balsa hasta la orilla,
al abrazo de la Venus.
Ahora queremos sanar en sus caireles.
Su beso solar no es como el tuyo.
Modelas tus rompientes en esquirlas,
tus besos en esquirlas.
Pero ella es más clemente y tiene una corporeidad que tú
no posees.
Es
f
a
r
o
de nuestra playa.
Revuélcanos
si no logramos evadirnos de las garras
de ese dios ciego.
Danos vueltas hasta orinar el traje,
gesticula en torno nuestro.
Nunca experimenté arrobo más grácil.
No salgo
del vaho del infierno,
del vaho de Dios.
No salgo
del vaho del infierno,
del vaho de Dios.
No salgo,
de ti no salgo.
Mar telúrico,
mar calcáreo,
mar martillo,
útero de carcajadas,
chapaleo de grandes lunáticos.
Vamos a quitarte tu liguero,
mar hembra, mar macho,
mar andrógino
de valvas sumergidas
y mástiles sin tiempo.
Bonitas las canciones
de toda época y todo lugar,
canciones de amor
y romancero:
alrededor de la hoguera,
en MTV.
En todas partes
una joven tiene el deseo lleno de canciones:
en las provincias
un arrebato de tonada recurrente.
Para la guerra o ternura,
durante el baño:
en AM o FM,
en MP3.
Nuestra vida
está rodeada por canciones,
el mundo
formado por canciones.
Que nadie las juzgue,
su naturaleza es musical.
He aquí que las canciones son buenas.
Para la distancia y alegría,
en baile o fuga.
She loves you, yeah, yeah, yeah…
Otras artes también quisieran
llegar tan adentro,
pasearse libremente
por los pasillos,
dejar el alma
llena de canciones.
Idea, música y dirección: Lidya Cota
Poemas: Abraham Truxillo